Si cada vez que sirves algo verde en el plato tu hijo te mira como si hubieras intentado envenenarlo… ¡tranquila! No estás sola. El rechazo a las verduras es una fase muy común en la infancia, y tiene explicación: su paladar está todavía aprendiendo a aceptar sabores más amargos o texturas nuevas.
La buena noticia es que hay formas (¡y muy divertidas!) de lograr que las verduras pasen de “puaj” a “mmm”.
1. La magia de la exposición repetida
A veces no es cuestión de gusto, sino de costumbre.
Los estudios muestran que un niño puede necesitar entre 8 y 15 exposiciones a un mismo alimento antes de aceptarlo. Es decir: si la primera vez rechazó el brócoli, no te rindas.
Truco: ofrece pequeñas cantidades, sin presión, y de forma variada (por ejemplo: al vapor, en puré, en tortilla o mezclado con arroz).
2. Juega con los colores y las formas
Los niños comen con los ojos antes que con la boca.
Aprovecha los colores vivos de las verduras para hacer platos llamativos:
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Arcoíris de vegetales en una brocheta.
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Caritas divertidas con rodajas de pepino, tomate y zanahoria.
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Purés de colores (naranja de calabaza, verde de espinacas, morado de lombarda).
Extra tip: Usa moldes para galletas y corta el calabacín o la remolacha en estrellas o corazones. La comida se vuelve mucho más emocionante cuando tiene “superpoderes”.
3. Involúcralos en la cocina
Cuando los niños participan, se sienten parte del proceso y están más dispuestos a probar.
Puedes asignarles pequeñas tareas según la edad:
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Peques: lavar tomates o mezclar ingredientes.
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Mayores: pelar zanahorias o montar su propia pizza vegetal.
Convertir la cocina en un juego les da autonomía y despierta curiosidad.
Además, si el plato lo “hicieron ellos”, ¡quieren probarlo sí o sí!
4. Disfrazar (un poco) sin engañar
No se trata de ocultar las verduras, sino de integrarlas en recetas atractivas.
Algunas ideas:
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Muffins salados de calabacín y queso.
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Hamburguesas de lentejas con espinacas.
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Nuggets de pollo con coliflor.
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Gofres de avena y zanahoria.
Cuando se combinan sabores familiares con verduras, los niños las aceptan más fácilmente.
5. Cero presión, mucha paciencia
Forzar o insistir demasiado puede generar rechazo.
Crea un ambiente relajado y positivo: celebra los pequeños avances, incluso si solo “lamió el brócoli”. Cada paso cuenta.
Recuerda: el objetivo no es que coman perfecto, sino que disfruten aprendiendo a comer bien.
En resumen
Educar el paladar infantil lleva tiempo, pero cada exposición cuenta. Si las verduras se vuelven parte del juego, la rutina y el color del plato, tu hijo acabará aceptándolas con naturalidad.
Y quién sabe, ¡quizás un día te pida repetir brócoli! (vale, tal vez no mañana… pero llegará ).
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